Libres de la manipulación

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Los cultos nunca duran menos de cuatro horas. Esto obviamente no sería un problema si no fuera porque nadie puede levantarse ni siquiera para ir al baño. Los pocos que osaron hacerlo fueron dura y públicamente reprendidos desde el podio por el pastor. El caso supera la cuestión de un celo excesivo por la reverencia en el culto. Es solo un detalle más de todo un patrón de control pastoral sobre las vidas de los miembros de esa iglesia.

María asistía a esta congregación junto a sus dos hijas. Las tres estaban entre los miembros más involucrados en el servicio. En su casa, las discusiones con su marido, un creyente que no se congregaba, eran constantes debido a que su esposo expresaba todo el tiempo sus sospechas en cuanto al pastor, sus quejas contra la iglesia, y su demanda totalitaria del tiempo de su esposa e hijas.

En realidad, María y sus dos hijas el domingo no estaban en casa en todo el día, ya que formaban parte del equipo de colaboradores que ayudaban en las múltiples tareas en los diferentes cultos que la congregación realizaba. El lunes, cuando su esposo llegaba de trabajar, no encontraba a ninguna de las tres, pues esa noche se llevaba a cabo en la iglesia la escuela de líderes, la cual era obligatoria para todo aquel que quisiera servir en algo dentro de la congregación. Los martes por la noche las tres lideraban una célula de multiplicación. El miércoles tenían que hacer la consolidación de los nuevos creyentes y los hermanos que asistían a su célula. El jueves era el día del ayuno y el culto de oración, también obligatorio para todos los servidores. El viernes era el día en que las tres asistían a la célula de crecimiento que lideraba la esposa del pastor con su selecto grupo de líderes más cercanos. El sábado en la mañana María permanecía en casa y dedicaba esas horas a cocinar para toda la semana, así su esposo no se quejaría de que no le dejaba la comida lista en el refrigerador. Durante las noches, también estaba en su casa los sábados, pero sus hijas no, ya que tenían la actividad juvenil. Sin embargo, no había sábado en el que pudieran salir a pasear como familia, pues por las tardes María también tenía responsabilidades en la actividad infantil, de manera que el día estaba dividido.

Ante las quejas de su esposo, María y sus hijas lo acusaban de ser un creyente frío y mundano. Defendían a su pastor, que era «el ungido de Dios», y lo amenazaban recordándole la historia de David y Saúl: cómo David no se atrevió a tocar al ungido y lo que le sucedió a Saúl por perseguir a David luego de que Dios lo hubiera elegido como el nuevo rey. Manejaban esta historia a la perfección, ya que era una de las más repetidas en la escuela de líderes y la célula de crecimiento por parte del pastor y la pastora.

A pesar de ser su líder principal e inmediato, a María no le caía nada bien la esposa del pastor. Las constantes humillaciones a las que sometía a las personas que lideraba cuando no alcanzaban los objetivos numéricos y la cantidad de fondos que esperaban recaudar en sus respectivas células, sus actitudes de superioridad y desprecio por la manera de vestirse de las demás mujeres de la iglesia, así como sus críticas constantes a todo el mundo, eran comportamientos difíciles de digerir para María. No obstante, cada vez que algún pensamiento así venía a su mente, ella se reprendía a sí misma y ataba al espíritu de Jezabel, como su pastor le había enseñado, sujetándose a la esposa del ungido y dando grandes muestras de dominio propio. Y a pesar de que resultaba de conocimiento público que las relaciones entre el pastor y su esposa no eran buenas, delante de Dios ella seguía siendo la esposa del ungido.

La esposa del pastor había prohibido el noviazgo de una de las hijas de María. El muchacho era uno de los líderes de alabanza. Y la hija mayor de María se había enamorado de él. Habían orado por un tiempo para que Dios confirmara la relación, pero cuando conforme al protocolo que la congregación exigía fueron a pedirles permiso a
sus líderes para hacerse novios, la esposa del pastor dijo que no. Y a pesar de los llantos y ruegos de la chica, se mantuvo firme en su negativa, alegando que Dios le había mostrado que ese chico no era para ella. El muchacho protestó y fue disciplinado, no pudiendo ministrar más durante la alabanza. Desde ese momento, la hija mayor de María continuó congregándose y sirviendo como líder, pero nunca más fue la misma. Una tristeza permanente había reemplazado a ese espíritu jovial que la caracterizaba.

El tono de las discusiones de María con su esposo fue creciendo cuando él notó que ella los sábados en la mañana cocinaba empanadas en cantidades mayores a las que ellos podían consumir como familia durante la semana. Cuando le preguntó a su esposa al respecto, ella le explicó que esto era a fin de recaudar fondos para la construcción del nuevo templo. Ya habían discutido en el pasado por las exigencias económicas de la iglesia. Esta fue una de las razones por las que su esposo dejó de congregarse. Se sentía abusado por la cantidad de «ofrendas especiales» que se pedían en los cultos. A pesar de no congregarse, nunca puso obstáculos para que
diezmaran, ya que había sido muy bien enseñado en cuanto a esto en su familia paterna. Sin embargo, le fastidiaba que en todos los servicios se recogiera una «ofrenda especial» y que a este momento se le dedicara tanto tiempo del culto. Cada domingo había una razón diferente para la ofrenda especial: el programa de televisión, el programa de radio, las misiones, el hogar de niños y miles de cosas más. Su disgusto radicaba en que nunca se sabía exactamente el destino que se le daba a lo recaudado, y mucho menos en qué se usaba el dinero del diezmo, haciendo que luego fuera necesario pedir ofrendas especiales. Por supuesto, sus protestas eran interpretadas por su esposa e hijas como las expresiones de un «Absalón carnal, rebelde, desobediente y avaro».

No obstante, la cosa se complicó cuando en la iglesia empezaron los rumores de que los fondos para la construcción del nuevo templo habían desaparecido. El pastor trató de dar una explicación sobre un robo que había ocurrido, pero fue decididamente poco convincente. El «ladrón», refiriéndose a Satanás, había atacado a la iglesia y ahora se vestía de «destructor» para dividirla con murmuración y rebelión. La bomba estalló cuando a las pocas semanas un predicador invitado, amigo del matrimonio pastoral, les agradeció ingenuamente en público durante una reunión de la escuela de líderes a los pastores por «haberles facilitado a él y su esposa su flamante casa», ubicada en uno de los balnearios más selectos de un país vecino. Fueron muy pocos los que no asociaron el robo del dinero para el templo con la nueva casa de veraneo de los pastores. María, que era una mujer inteligente, no podía dejar de pensar en esto. Con todo, una vez más se reprendió, ató al espíritu de Jezabel, y trató de acallar tanto las voces internas como las de otros líderes de la iglesia, que no dejaban de hablar del tema en secreto y por los pasillos.

Los comentarios llegaron a los oídos del esposo de María, ya que como él se congregaba antes en esa iglesia, tenía muchos amigos de allí. Cuando María regresó ese viernes tarde en la noche de la célula de crecimiento, su esposo la estaba esperando con una maleta hecha, y con mucha tranquilidad, sin siquiera levantar la voz, contrariamente a lo que siempre hacía, le comunicó que tenía la firme determinación de divorciarse de ella a causa de esa iglesia y se iba a vivir con su madre.

María habló con su pastora pidiéndole que por favor le dijera al pastor que hablara con su esposo para que recapacitara y volviera a la casa. El pastor, conociendo al esposo y los motivos por los cuales primero se había ido de la iglesia y ahora había dejado su hogar, se negó a ir a verlo, argumentando que tenía mucho trabajo y enviaría a uno de los líderes a visitarlo, cosa que nunca hizo. María se sintió usada y una gran decepción inundó su ser. El Espíritu Santo en los días siguientes le quitó las escamas de sus ojos y le hizo ver cómo ella y muchas otras personas estaban cegadas a lo que venía ocurriendo desde hacía tanto tiempo.

Cuando en la sesión de consejería de otra congregación María trataba de explicar lo vivido, dijo: «Estaba como hechizada, el poder de seducción del pastor sobre mi vida no me permitió ver lo que estaba sucediendo. Y no solo me sucedió a mí, sino a muchísima gente».

Tomado del libro Libre de la Manipulación, ©2014 por Carlos Mraida (ISBN:978-0-8297-6316-4).